No termino de entender lo qué propone la adaptación televisiva de Scream que ha perpetrado Mtv (distribuye Netflix en España). Conservadora, blanda y sin una sola idea que nos invite a pensar que detrás hay un intento genuino de dirigir la franquicia a una nueva generación, esta adaptación televisiva es una reinterpretación gluten free de la película original y de ahí su deprimente irrelevancia.
He aquí un ejemplo de cómo rediseñar un icono para convertirlo en la nada más absoluta.

En un movimiento muy inteligente desde un punto de vista comercial, Wes Craven diseñó la Scream original como el slasher que acercaría el género al público masivo. En su ADN estaban Halloween, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street y por supuesto Black Christmas, pero pasados por un filtro de sensibilidad noventera, es decir, más ligero, autoconsciente y adecuado para el público PG-13. El experimento fue un éxito refrescante que dió lugar a tres secuelas y en años posteriores fue copiada y parodiada decenas de veces. Era indiscutible que Craven había creado -de nuevo- un icono cultural prácticamente instantaneo: Scream fue un símbolo generacional.

Scream Hacendado: Sin azucar, sin gluten y sin lactosa.

No hay nada de eso en esta Scream televisiva. Y eso que muchas de las claves de la franquicia están ahí: un slasher levemente meta protagonizado por jovenes tan guapos, dinámicos y modernos como ingenuos, insensatos y con un nulo sentido de la supervivencia.

Kevin Williamson, que ya firmó el guión de la franquicia cinematográfica, es responsable absoluto de este reboot catódico, potencia el culebrón de instituto, pero lo despoja de subtexto sexual alguno, dejando totalmente aparcada la recreación atmosférica que marcaba la diferencia en las de Craven e intentando disfrazar el olor a formol con una mayor presencia de las tecnologías contemporaneas y un reparto más-diverso-pero-sin-pasarse.

Al final la serie es un claro ejemplo de lo que es Scream para Williamson en solitario: un Dawson Crece con una decena de sosísimos asesinatos, referencias a otras obras que más que aportar evidencian su limitada cultura cinéfila y un psico-killer al que no le queda ni rastro de iconicidad.

Asumiendo esto, el resultado, sin ser terrible, es una pena. La estructura episódica parecía adaptarse perfectamente a las dinámicas clásicas televisivas del «murder of the week», con un asesino que se revela al final de la temporada y la sombra de la sospecha paseándose por todos los protagonistas según evoluciona la trama. Sin embargo, tras unos pocos episodios donde la cosa funciona a pesar de la falta de inventiva visual, las ideas se agotan y la serie comienza a repetirse y nunca es capaz de levantar el vuelo ni aportar ideas a su modelo. Y la cosa se hunde definitivamente tras la primera temporada.

PD: Soy el único al que la hermosísima Willa Fitzgerald le recuerda poderosamente a Heather Langenkamp, la protagonista de Nightmare on Elm Street.


Nacho MG

Intento fallido de hombre renacentista.

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