8 de julio de 2026. Alberto Núñez Feijóo llama «cáncer» al absentismo laboral, ante un auditorio de empresarios vascos. Durante su conferencia, repite una y otra vez la idea de que el absentismo crece en España a un ritmo preocupante para epatar a sus clientes potenciales. Y entonces llega la promesa: reducción de sueldo y prestaciones a quien esté de baja médica, «con o sin acuerdo» con los sindicatos.
La CEOE y Cepyme llevaban meses pidiendo exactamente eso: que las mutuas puedan dar altas médicas, que las empresas dejen de pagar los primeros días de baja y recuperar el despido por absentismo.
A partir de ese momento empiezan varias semanas consecutivas de bombardeo mediático, numerosos artículos y noticias en prensa generalista usando la palabra clave «absentismo» con un objetivo claro: establecer una nueva preocupación en la sociedad española. Una preocupación indefinida que . El colofón es una encuesta de DYM para 20minutos que revela que el 75,7% de los españoles cree que debería haber «más vigilancia» sobre las bajas fraudulentas.
Nótese que la pregunta de la encuesta tenía esta formulación:
«¿Cree que debería haber una mayor vigilancia sobre las bajas fraudulentas o que la vigilancia actual es insuficiente?».
Te están haciendo marketing, OTRA VEZ.
¿No resulta extraña la celeridad con la que de repente se ha abierto «el melón del absentismo»? ¿Qué numerosos medios se sumen a la tendencia? ¿Qué aparezcan encuestas privadas y publiquen los resultados en tiempo record?

Suele decirse que el buen marketing crea necesidades (o problemas) a la audiencia que no sabía que tenía. Pero más que necesidades, lo que crea son ideas. «Quiero un iPhone nuevo», «Mi máquina de afeitar se ha quedado vieja y debería comprar una inalámbrica» o «Se ha estrenado una película de la que todo el mundo habla y tengo muchas ganas de verla». Pero también «Acabo de darme cuenta de que la okupación es un problema gravísimo» o «Trabajo mucho pero hay gente que está de baja por tonterías que le echa mucho morro».
En el marketing político esto suele conseguirse mediante un uso del lenguaje que apela a la emoción primaria, y la idea de «absentismo» es perfecta para esto: crea un enemigo sin forma en la mente de una audiencia, que llega por si sola a la conclusión de que está frente a un problema o una injusticia que ha de ser resuelta con celeridad.
El lenguaje lo es todo.

El concepto de absentismo es curioso. Es una de esas palabras aparentemente neutras y convenientemente ambiguas que se introducen en el discurso público con una intencionalidad clara. Porque bajo la etiqueta «absentismo» cabe cualquier situación que encaje en la ambigua definición de «persona que no acude a su puesto de trabajo«:
- ¿Baja por paternidad? Absentismo.
- ¿Un accidente te impide llegar a la oficina? Absentismo.
- ¿Te operan de apendicitis? Absentismo.
- ¿Se te olvidó fichar? Absentismo.
- ¿Estás ejerciendo tu derecho a huelga? Absentismo.
- ¿Horas de asuntos propios? Absentismo.
Según estos parámetros la realidad es que un porcentaje cercano al 100% de la sociedad española ha «ejercido» el absentismo alguna vez. Pero jamás conocerás a nadie que se autodefina como absentista.
Pensemos que en una sociedad capitalista la identidad hegemónica es la del trabajador productivo. Cuando un individuo rompe esta inercia (mediante la ausencia, el desapego o la baja), el discurso corporativo necesita señalarlo como una desviación moral y patológica: el vago, el estafador, el insubordinado.
Esta criminalización sintética de la conducta sirve para fabricar enemigos en la mente de la «audiencia» y ha sido pueda sobre la mesa por parte de aquellos que se beneficiarán de una reducción de las bajas laborales y de los partidos políticos más alineados con ellos.
¿Quién se beneficia?
La idea de que el absentismo crece en España es lobbismo sutil.
No hay ninguna intención de desarrollar un debate constructivo elaborado en base a datos rigurosos. Si fuera así, el tema central sería determinar el porcentaje de fraude sobre las bajas médicas por incapacidad temporal. Pero ese debate desplazaría el foco al colectivo sanitario, que es quien concede o rechaza cada baja y pondría sobre la mesa una serie de preguntas que nadie tiene intención de resolver:
- ¿Un médico de atención primaria con cinco minutos por paciente puede evaluar adecuadamente una baja?
- ¿Para medir el porcentaje de fraude estamos dispuestos a desplegar recursos públicos adicionales?
- ¿Qué está pasando exactamente en las empresas para que las bajas por salud mental hayan aumentado en el último lustro? ¿O esa subida también es fraude?
No interesa responder a nada esto, porque lo que importa es condicionar el pensamiento social y crear una tendencia que pueda consolidarse y se traduzca en las próximas encuestas.
«Fulanito se pilló la baja».
El «lanzamiento» de esta campaña de marketing ha estado muy bien ejecutado.
Han instalado un término supuestamente neutro en el debate público, lo han mantenido vivo durante varias semanas en medios y lo han cerrado con una táctica de prueba social -una encuesta ad hoc- que pretende legitimar el absentismo como una de las grandes preocupaciones del momento.
Todo con un único objetivo: sembrar una idea en tu cabeza y confiar en que tus instintos primarios y emociones más irracionales hagan el resto del trabajo. Porque mientras tu te cabreas al recordar que fulanito se pilló la baja hace más de un año, hay gente brindando delante de un triste Powerpoint porque han conseguido venderte una idea que va en contra de tus propios intereses.
Es decir, que te han hecho marketing y ni te has enterado. Otra vez.
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