La Minipimer de Gabriel Lluelles: historia del electrodoméstico que cambió la cocina española para siempre

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Mi primer recuerdo consciente de una Minipimer es el ruido.

Un zumbido fuerte e hipnótico, que duraba exactamente lo que tardaba mi madre en convertir unas lentejas del día anterior en un puré sin grumos que mi hermana y yo devoraríamos sin rechistar (me declaro fan de las lentejas en cualquiera de sus formas). Mi abuela le decía que con el pasapuré «Queda más fino», y tenía razón. Pero la practicidad de la Minipimer compensaba la ausencia de perfeccionismo. Mi madre no era la mejor cocinera, hacía lo que podía sola mientras sacaba adelante a dos niños y trataba de sacarse una carrera a distancia.

La Minipimer y otros electrodomésticos como la Citromatic simbolizaban de alguna manera como el capitalismo moderno empezaba a priorizar conveniencia sobre la calidad al tiempo que los divorcios empujaban a las madres a buscar trabajo y pasar menos tiempo en la cocina. Por eso, al menos en mi memoria, la Minipimer era un utensilio siempre a la vista, colgado de un gancho junto a los azulejos, como un objeto decorativo más del gris paisaje doméstico en un piso ubicado en un diminuto pueblo entre la frontera de Galicia y Asturias. Estoy convencido de que cientos de miles de milenials comparten recuerdos similares.

Minipimer MR1 original de 1959 diseñada por Gabriel Lluelles para Industrias Pimer

¿Es nostalgia o reconocimiento de un icono cultural?

La Minipimer es, sencillamente, el artefacto de diseño industrial español que mayor impacto ha tenido en la vida cotidiana del siglo XX: se exportó a más de 50 países, convirtió su nombre de marca en la palabra genérica que usamos para nombrar cualquier batidora de mano y permanece en producción -con variaciones- más de seis décadas después de su nacimiento. Sin embargo, durante la mayor parte de ese tiempo, casi nadie conoció al hombre que la creó, o peor aún, su creación fue atribuida a otros diseñadores.

Detrás de la silueta compacta y menos de un kilo de peso (tres veces menos de lo que pesaban sus antecesoras) está Gabriel Lluelles Rabadà, un aprendiz de forja barcelonés que en la España de la posguerra diseñó un producto capaz de competir con lo mejor de la ingeniería alemana. Y lo hizo antes de que existiera siquiera la profesión de diseñador industrial en nuestro país.

No es nostalgia. Es la constatación de que un objeto diseñado en 1959 sigue siendo culturalmente relevante: la primera batidora de mano que separó el motor de las cuchillas, que redujo el peso a una fracción de lo conocido, que se podía colgar de la pared y, sobre todo, que era fácil de limpiar. Todo lo que hoy damos por sentado en una batidora de brazo lo inventó un barcelonés que empezaba a trabajar a las cinco de la mañana y estudiaba de noche en la Escuela Industrial.

Gabriel Lluelles: el diseñador que inventó su propia profesión

Para entender la Minipimer hay que entender a su creador.

Gabriel Lluelles Rabadà (Barcelona, 1923 – Barcelona, 2012) creció en mitad de una guerra. A los trece años, con su padre en el frente, empezó como aprendiz de forja artística en un pequeño taller. Padeció tuberculosis juvenil -«tuve que estar un año en cama», recordaba en una entrevista a La Vanguardia– y se formó de noche como delineante proyectista y perito industrial mecánico-eléctrico mientras por el día trabajaba jornadas maratonianas.

En 1947 entró como delineante en Industrias PIMER (Pequeñas Industrias Mecánico Eléctricas Reunidas), empresa fundada por Enric Berrens en Esplugues de Llobregat que fabricaba bajo licencia la batidora americana Turmix. Cuando Lluelles empezó a trabajar, ni siquiera existía el concepto «diseño industrial» en España. No había escuelas, ni referentes, ni tradición.

Como explicó Andrés Alfaro Hofmann, responsable de la mayor colección de su obra: «El inicio de Pimer fue hacer réplicas en mejor calidad de productos que venían del extranjero. A partir de hacer copias, comenzó a inventar y desarrollar objetos propios». Lluelles lo resumía con la modestia propia de un artesano: «Me interesaba hacer aparatos que fueran útiles, seguros al manejarlos, funcionales y, sobre todo, fáciles de limpiar».

Su ascenso en Pimer fue meteórico: de delineante a jefe del Servicio Técnico y, finalmente, a director técnico. Una década después de su llegada, crearía un icono intemporal.

1959: llega la Minipimer MR1

La Turmix era un auténtico mamotreco. Pesaba más de tres kilos, exigía introducir los alimentos en un vaso vertical y, sobre todo, era un suplicio de limpiar. Gabriel Lluelles llevaba años dándole vueltas (je-je) hasta que en 1957 planteó la idea de independizar las hojas con el objetivo de crear electrodoméstico pequeño que se pudiera colgar. Forma al servicio de la funcionalidad.

«Empecé con maquinaria de tercera mano, con material de desecho rudimentario»

Junto al ingeniero alemán Rudibert Götzenberger, Lluelles diseñó y desarrolló la Minipimer MR1, presentada en 1959: la primera batidora de brazo diseñada y fabricada en España. El concepto era radicalmente nuevo: un cuerpo alargado con motor integrado, terminado en un pie desmontable con cuchillas, que se sumergía directamente en el recipiente del usuario. Sin vaso propio. Sin engranajes inaccesibles. Sin peso innecesario. Para limpiarlo, bastaba con pasarlo por el grifo y limpiar el hueco.

El resultado fue un nuevo concepto de relación entre el usuario y el electrodoméstico.

Y todo esto en un contexto cuanto menos complicado: la España de finales de los 50: autarquía, escasez de recursos industriales y, como señalan en Braundesign, «la inexistencia de una cultura del objeto». Que un diseñador autodidacta, en ese contexto extremadamente precario, concibiera un electrodoméstico capaz de competir a nivel global fue un milagro industrial.

Minipimer MR2: llega Braun (y Dieter Rams).

braun minipimer 2

La historia de la Minipimer da un giro decisivo en 1962, cuando la alemana Braun AG adquiere Industrias Pimer. Dice la leyenda que Dieter Rams viajó a Barcelona para conocer al diseñador español del que tanto le habían hablado. Se comunicaron a través de un traductor, pero no lo necesitaron para entenderse: compartían la misma filosofía de diseño.

El relato ficcionado de Javier Cañada en Terremoto.net lo captura con bastante precisión: «Rams asentía interesado, hacía sugerencias y hasta bromeaba. Gabriel supo al momento que iban a llevarse bien». En Alemania, el diseñador tenía rango de ingeniero. A Lluelles lo valoraban porque era más generalista: pensador y ejecutor al mismo tiempo (la especialización suele brillar por su ausencia en entornos precarios).

El resultado de la llegada de Braun fue la llegada de una versión perfeccionada 1964: la Minipimer MR2, que incorporaba hoja, un disco batidor y un emulsionador intercambiables, soporte de pared, filtro-licuadora, recipiente graduado con tapa, recetario incluido y una elegante caja expositora. Su precio: 1.161 pesetas.

Se exportó a todo el continente europeo y a más de 50 países y se fabricó ininterrumpidamente hasta 1984.

Esta colaboración también fue el origen del exprimidor Citromatic MPZ-2 (1970), diseñado por Lluelles, Rams y Jürgen Greubel, que sigue a la venta más de medio siglo después conservando su diseño original. Pero no olvidemos que fue la patente original de la Minipimer de Pimer la que atrajo a Braun a España. Sin Lluelles, la conexión hispano-alemana que produjo algunos de los electrodomésticos más icónicos del siglo XX nunca habría existido.

Globalización, capitalismo y externalización.

El final agridulce es un poco el de siempre…

Lluelles dejó Braun en 1968, coincidiendo con la adquisición de la empresa por Gillette. Pasó a Taurus, donde diseñó otra generación de electrodomésticos hasta jubilarse en 1988. Y en 2006, Braun -ya propiedad de la mega-mutinacional Procter & Gamble- cerró la fábrica de Esplugues donde se fabricaban Minipimers y Citromatics para todo el mundo. 700 trabajadores a la calle y producción trasladada a China.

«Minipimer»: cuando un diseño se convierte en palabra del diccionario

Pocos productos de diseño industrial han alcanzado lo que logró la Minipimer: convertir su nombre de marca en el sustantivo genérico con el que toda una cultura nombra la categoría de producto. En España e Hispanoamérica, toda batidora de mano es «una minipimer» un fenómeno lingüístico denominado eponimia (vulgarización de marca) que es el indicador definitivo de que un producto ha trascendido su función para integrarse en el inconsciente colectivo.

Y precisamente por eso la marca sigue viva en la cultura actual a pesar de que los productos comercializados bajo ese sello poco tienen que ver con el original. Actualmente es un activo de marca cuya fabricación está licenciado a De’Longhi Appliances bajo la marca Braun y se comercializa en las series Braun Minipimer 3, 5, 7 y 9.

Museos, premios y un reconocimiento que llegó demasiado tarde

Gabriel Lluelles

La obra de Gabriel Lluelles ha ido encontrando su lugar en las instituciones, aunque con una lentitud que el propio diseñador lamentaba: «Me jubilé en 1988, a los 65 años, y entonces nadie me conocía. Ha sido después de que, poco a poco, se ha ido reconociendo mi trabajo».

La Minipimer y otros diseños de Lluelles forman parte de las colecciones del Museu del Disseny de Barcelona (antigua colección del Museu de les Arts Decoratives), de la Colección Alfaro Hofmann en Godella (Valencia) -que alberga el conjunto más completo de su producción dentro de un fondo de más de 10.000 objetos de diseño cotidiano- y aparecen referenciados en Google Arts & Culture. En enero de 2025, el MNACTEC (Museo Nacional de la Ciencia y la Técnica de Cataluña) inauguró la exposición «»Gabriel Lluelles, diseñador industrial», con más de 70 objetos y 44 modelos procedentes de la Colección Alfaro Hofmann.

En cuanto a premios, Lluelles obtuvo el primer Delta de Oro ADI-FAD de su carrera en 1961 por el triturador Bipimer BP53, y un segundo Delta de Oro en 1970 por la Citromatic MPZ-2. Fue homenajeado por el FAD en 2008 con una exposición retrospectiva que rescató sus creaciones del anonimato.

«Es un diseñador industrial poco conocido, pero que trabajó para muchas grandes empresas internacionales como Braun o Taurus. Sus objetos, pensados con un diseño de uso cotidiano y social, son el patrimonio que más se acerca a la sociedad.» — Jaume Perarnau, director del MNACTEC

Resulta elocuente que Jonathan Ive, el diseñador del iPhone, haya citado la Citromatic de Lluelles como una de sus memorias formativas de infancia: «Cuando era un niño que crecía en Londres, mis padres compraron un exprimidor maravilloso. Era una Braun MPZ 2 Citromatic. No sabía nada sobre Dieter Rams o sus diez principios del buen diseño. Pero recuerdo el Citromatic con una claridad impactante». Pero la Citromatic no habría existido sin la Minipimer, así que hay un hilo que conecta aquel taller de Esplugues con Cupertino y es más corto de lo que parece.

A pesar de su influencia hay que decir que el propio Lluelles nunca se arrogó grandes méritos. Reconocía a sus colaboradores empresariales -José Francesch en Pimer, Francesc Betriu en Taurus- con generosidad: «Gracias a ellos la industria es lo que es. Lo hicieron todo, eran auténticos empresarios».

Un brazo que sigue batiendo

La Minipimer es la prueba material de una idea que los diseñadores repiten pero que rara vez se demuestra con tanta contundencia: el buen diseño no caduca. Un hombre sin referentes, sin escuela, sin recursos, diseña en 1959 un objeto cuya lógica funcional permanece intacta casi setenta años después. De locos.

Gabriel Lluelles diseñó 33 electrodomésticos para Pimer, Braun y Taurus entre 1950 y 1988, pasando del tiralíneas al ordenador, de la autarquía al mercado global, del anonimato absoluto al reconocimiento póstumo.

El diseño industrial español le debe más de lo que se le suele reconocer. El mayor homenaje que le podemos hacer es seguir diciendo «pásame la minipimer».

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