En la pila ilusoria de juegos pendientes reposan centenares de títulos entre los cuales suman miles de horas aún por disfrutar. Por pura estadística es probable que alguno de ellos suponga una experiencia refrescante y memorable, pero tras un par de repasos rápidos a mi biblioteca, no puedo dejar de mirar de reojo el banner de un viejo conocido: Dark Souls. Aunque se trata de una versión remozada a la que no he jugado, lo cierto es que entre la de PS3 y la Prepare to Die Edition de PC sumo más de doscientas horas, sin contar los centenares adicionales invertidos en el resto de juegos del universo Souls.

Hago click en el icono de «Download», no sin cierta culpabilidad porque esto no encaja exactamente en esa «experiencia refrescante» que estaba buscando. Sin embargo las dudas se disipan tan pronto como finaliza la descarga y decido empezar una nueva partida sin el más mínimo arrepentimiento y con un ferreo compromiso de que no parar de jugar hasta llegar al final.

La vida real, el Dark Souls de los Dark Souls

Esta obra de arte es creación de Joselu

Una planta 17 de un edificio de oficinas, una jornada laboral de 10 de la mañana a 7 de la tarde, un salario que apenas da para vivir, unas vacaciones esqueléticas… En este contexto no queda ni rastro de ese Nacho pasota, ingenuo e inconsciente de veinte años. Ahora, bien entrados los treinta, solo siento pereza y desencanto. Las certezas de la vida adulta golpean a la vez que aparecen las primeras canas. Las arrugas de expresión confirman que el tiempo, implacable, se me escapa entre los dedos dejando tras de si un destilado de miedo y ansiedad con el que a pesar de todo, aprendo a convivir. Me siento encadenado aunque insisto en buscar una salida, pero mi pesimismo galopante me dice -porque lo he visto demasiadas veces- que por mucho que me esfuerce, el mundo seguirá siendo un pozo de injusticia y aleatoriedad. Tener la certeza de que la vida es puro caos es tan duro que a veces necesito una experiencia donde las reglas sean otras, más justas, cuyo cumplimiento (o ruptura) lleve aparejado un resultado relativamente predecible, y por tanto, reconfortante.

Dark Souls es probablemente lo que más se acerca a esa experiencia.

Descubrimiento, aprendizaje, cierto grado de socialización y dominio de la técnica estructurados dentro un sistema económico implacable pero extremadamente justo. Quizás el mundo de Lordran esté poblado de No Muertos terroríficos y monstruos de pesadilla, pero todo es profundamente democrático: no hay techos de cristal ni desigualdad en función de tu clase social, género, raza o edad. El farmeo de almas es igual de exigente para todos y no hay forma incorrecta de invertirlas porque toda adquisición de experiencia o bienes útiles será parte del crecimiento personal que te lleve a la victoria.

La verdad es que emociona tener la certeza de que por una vez esa farsa de «la cultura del esfuerzo» funciona y el enfoque puramente individualista tiene una recompensa equivalente: hacer de la vida (de la no-vida, en este caso) un viaje que merezca la pena.

Por supuesto todo esto está relacionado con el uso casi podríamos decir terapéutico, que hacemos de la ficción como herramienta de evasión. Cuando me siento estancado y aterrorizado ante un futuro incierto, cuando empiezo a tontear con la depresión, Dark Souls es una medicina realmente efectiva, un tratamiento de choque contra la frustración. El chute de motivación es tal que, como si una jornada laboral se tratase, me pongo el despertador una hora antes de lo habitual solo para arañarle unos minutos al juego antes de irme a la oficina. Incluso a veces me sorprendo dejando de ir al gimnasio (algo que tengo muy establecido en mi rutina) solo para llegar a esa hoguera de Tumba de los Gigantes que se me resiste. Hay algo enfermizo y peligrosamente cercano a la adicción en todo esto, lo sé, una dependencia que solo consiguen provocarme los perversos juegos de Hidetaka Miyazaki. Y tal y como suele ocurrir con síndrome de abstinencia, cuando se acaba la droga hay consecuencias: vuelvo a sentirme hueco.

Afortunadamente esa sensación termina pronto, pues cuando vuelvo a ese caótico pozo de injusticia y aleatoriedad, comprendo que si bien una Zweihander +15 no puede hacer nada contra la falta de perspectivas de futuro, al menos me sirve volver a hacer picadillo a Ornstein y Smough.


Nacho MG

Intento fallido de hombre renacentista.

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